“Nadie muere para que aprendamos una lección”.



Estos meses desde que lanzamos Sempiterno han sido de un aprendizaje enorme.
Ha sido realmente un viaje de entender y conocer las miles de formas de perder un embarazo, un hijo, y las miles de formas de vivirlo.

Escuchar las historias que nos comparten, y a la vez empaparnos de todo el contenido relacionado al duelo que "el algoritmo" ha arrojado estos meses, nos ha dado una perspectiva nueva y más humana sobre muchas cosas.

Una reflexión que nos tocó mucho últimamente nació de distintos testimonios de mamás y papás que perdieron a sus hijos ya nacidos (aunque la idea es la misma para quienes pierden antes):

“Mi hijo no murió para que yo aprendiera una lección.”


Esto nos hizo pensar en algo que se repite mucho cuando el dolor del otro nos sorprende y no sabemos qué hacer. En estos casos reaccionamos en piloto automático y suele pasar que:

  1. Nos sentimos incómodos.
  2. Respondemos con algo que “tire para arriba” (algo positivo).
  3. La persona en duelo se siente invalidada, y eso le duele más.

Entonces, con la mejor de las intenciones, decimos cosas como:

  • “Al menos sabes que puedes quedar embarazada.”
  • “Mejor ahora que más adelante.”
  • “Al menos ya tienes otro hijo.”

Y es que, si no estamos preparados para escuchar a alguien que es honesto con su dolor, o no lo hemos vivido en carne propia, se apodera de nosotros un impulso de “arreglar” y de intentar quitarle el dolor al otro.

Pero si lo pensamos bien, no hay nada que podamos hacer para acelerar el duelo de nadie ni para evitar un dolor que ya existe. Y, sin querer, perdemos el foco: porque si lo que realmente queremos es acompañar, estar, hacer sentir menos sola a esa persona… nada de eso se logra pasando por encima del dolor.

Por una razón muy sencilla: el dolor hay que atravesarlo.


Estas palabras, dichas sin pensar, pueden sentirse como un portazo para quien está sufriendo: invalidan, apuran, cierran una herida que todavía está abierta.

Pero esa herida hay que limpiarla, hay que coserla. Y eso duele.

Si solo le ponemos un parche y no la miramos más, se infecta, el dolor dura más y se demora más en cicatrizar.

Entonces, el duelo, si no se vive, si no se siente, si no le damos espacio, se vuelve más difícil de integrar. Porque la pérdida cambia todo, y quien la vive está tratando de entender cómo habitar su nueva vida, su nueva realidad.

Lo mejor que podemos hacer para acompañar es dar espacio y permiso para sentir. Porque dejarnos y dejar sentir es una forma de amor y de cuidado. De decir: Te veo, es válido que te sientas así, te acompaño hasta que estés listo, el tiempo que sea necesario.

Porque la verdad es que no todo tiene una razón ni un propósito. No todo se transforma en luz.


La autora Megan Devine, en su libro: “It’s OK That You’re Not OK”, lo dice con una claridad reveladora:

“No todo tiene un ‘lado positivo’.
A veces, simplemente es devastador.
Y lo único que queda es llevarlo, no ‘aprovecharlo”.

Y nos recuerda que frases como:

  • “Todo pasa por algo.”
  • “Dios lo permitió por una razón”.
  • “Ahora tienes un angelito”.

suelen venir desde el cariño, pero traen un mensaje oculto: “Necesitabas esta pérdida para crecer.”

Eso duele, minimiza el dolor y, sin querer, pone la responsabilidad del sufrimiento en la persona que vive la pérdida. En su libro, también dice:


“El duelo no es una prueba. No es un examen espiritual. No es el precio para ser mejor persona.”


Lo que se aprende, viene después, y tiene valor porque depende de uno.

Algunas personas eligen transformar su dolor: acompañando, creando, visibilizando, o simplemente viviendo su vida desde otra perspectiva.

Pero aprender algo no es el sentido de la pérdida.


No la justifica, no la explica. Nada hace que la muerte de un hijo “tenga sentido” y el dolor de esa pérdida no se arregla ni pasa con el tiempo, sino que se lleva.


Megan Devine lo describe así:

“La realidad del duelo es muy diferente de lo que los demás ven desde fuera. Hay un dolor en este mundo que no se puede disipar con palabras de consuelo.

No necesitas soluciones. No necesitas superar tu dolor. Necesitas que alguien vea tu dolor, que lo reconozca… Algunas cosas no se pueden arreglar. Solo se pueden sobrellevar.”


Quien está en duelo no necesita soluciones. Necesita permiso para vivir su proceso, y cada proceso tiene su propio tiempo.


Queremos cerrar con un ejercicio que nos quedó dando vueltas y que creemos que ilustra muy bien todo esto:


📦 Imagina que tu vida es una caja.

🔴 Imagina que en una pared de la caja hay un botón: ese botón es el dolor.

🎱 La pérdida es una pelota enorme que ocupa todo el espacio de la caja, activando el botón una y otra vez.

Con el tiempo, no es que la pelota se haga más pequeña, es que la caja crece.

🪴 Tu vida se expande, con nuevas personas, nuevos momentos, nuevas formas de recordar y también nuevas formas de vivir. El dolor de la pérdida sigue ahí, porque el amor y la falta siguen ahí, pero ya no es activado todo el tiempo.

Por eso, confía en tus tiempos. No hay apuro. No hay “debería”.

Y si en algún momento sientes que no puedes más, pide ayuda. Busca compañía. Permite que otros te sostengan un rato.

No estás sola. No estás solo.

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