
No lloré cuando me dijeron y eso me dejó confundida.
Pensé que iba a reaccionar distinto
Que me iba a derrumbar, pero no… me quedé como en blanco.
Escuché al doctor, asentí, hice un par de preguntas, y me fui.
Salí de la consulta como si nada hubiera pasado.
La gente caminando, el ruido de siempre… todo igual.
Pero yo no.
Lo más raro fue que nadie sabía y tampoco supe cómo decirlo.
Porque no es como otras pérdidas.
No hay palabras fáciles, no hay un “se murió alguien” que la gente entienda al tiro.
Es algo más invisible.
Entonces seguí.
Volví a la casa, hice cosas normales, respondí mensajes, incluso hablé de otros temas.
Y por dentro tenía una sensación rara… como vacío, como desconexión.
Me cuestioné harto.
Pensé que quizás estaba exagerando, que no era para tanto, que había sido “muy poco tiempo”.
Como que yo misma trataba de bajarle el perfil.
Pero el cuerpo no se equivoca. Algo había pasado y me dolía, aunque no fuera de la forma que yo esperaba.
Con el tiempo entendí que no hay una forma correcta de vivir esto. Que no llorar no significa que no importe. Y que no haberlo contado no lo hace menos real.
También entendí lo importante que es poder hablarlo.
Porque cuando una lo guarda, se siente más sola de lo que ya es.
Hoy lo puedo decir. A mi ritmo, a mi manera.
Y si hay algo que me hubiera gustado en ese momento, era sentir que había espacio para esto.
Sin explicaciones incómodas, sin tener que justificar el dolor.