
Volvimos embarazados de la luna de miel en mayo de 2024 envueltos en esa mezcla de magia, descanso y radiantes después de un viaje atómico. Jamás imaginé que me embarazaría tan rápido. Cuando sentí los primeros síntomas, lo supe al tiro.
La emoción fue tan grande que me costó muchísimo no contarlo en el mismo segundo.
Ese fin de semana compré un libro infantil para darle la noticia a mi familia. Durante una comida familiar, lo entregué diciendo que era un regalo que había traído de la luna de miel. Las lágrimas de emoción comenzaron al instante. Todo parecía perfecto.
La primera pérdida
A la semana siguiente comencé con un leve manchado. Fuimos al doctor y en la ecografía no se veían latidos aún, ni el saco muy claro. Nos pusimos nerviosos frente a un escenario que JAMÁS se me ocurrió; que algo no estuviera bien. Nos dijeron que podía ser simplemente un embarazo más pequeño de edad de lo calculado y que esperáramos. Aun así, de guata sentía que algo no estaba bien.
Me hice una beta para tranquilizarme y salió bien… pero esa intuición no me soltaba. El jueves, en pleno supermercado, me vinieron unos dolores horribles. Casi vomité.
Me senté en un pasillo rezando para que no fuera una pérdida.
En la noche, guatero y cama. El viernes seguí con dolor en el trabajo, hasta que en la tarde tuve una hemorragia, literal en el baño público de mi pega... horroroso.
Una amiga del trabajo me acompañó a urgencias y yo no podía creer lo que estaba pasando. Sentí que mi vida se desarmaba ahí mismo. Nunca había llorado tanto: era una mezcla de dolor, miedo y desilusión que no conocía.
Volví al trabajo después de un par de días, pero seguía funcionando en automático. Finalmente me dieron una licencia psiquiátrica un mes después. Me demoré mucho en permitirme vivir el duelo.
Pensaba que, por ser pocas semanas, no tenía “derecho” a tanta pena. Pero aprendí que el dolor no es proporcional a las semanas: es proporcional al sueño que se forma en cuanto ves ese test positivo.
El Nacimiento de Sempiterno
Dos días después de esa pérdida, mientras me quedaba dormida, tuve una visión. Vi joyas que simbolizaban este tipo de duelo, algo para acompañar a mamás como yo que no tenían físicamente a su guaguita, pero que igual querían llevarla cerca. Me senté con una hoja de un cuaderno viejo y desvelada comencé a dibujar colecciones, a pensar en nombres, a llenar de vida una idea que me sostuvo cuando yo también me sentía desarmada.
Así nació Sempiterno. Dedicarme a este proyecto durante mis días libres fue una forma de revivir a mi guaguita, de honrarla, de darle un espacio real en el mundo.
La segunda pérdida
A los pocos meses volví a embarazarme, pero esta vez el miedo llegó antes que la felicidad. No alcanzamos a contárselo a nadie. A los pocos días del test positivo empezaron los dolores uterinos y, de alguna forma, ya sabía lo que venía.
Otro sangrado.
Otro aborto.
Otra pena.
Esta vez no me quebré como la primera, y eso también me dolió... sentí que quizás nunca volvería a sentir la felicidad e ilusión pura del primer test. Que algo en mí había cambiado para siempre.
El tercer test: un milagro inesperado
A las semanas de la segunda pérdida me embaracé nuevamente. En ese momento me había empezado a ver con una doctora de fertilidad para descartar problemas, y gracias a ese seguimiento descubrimos que mi endometrio se adelgazaba demasiado después de ovular. Era difícil que un óvulo fecundado se afirmara.
Ese primer ciclo era solo de estudio, pero yo sentía que tenía que hacer algo más... Les escribí a la doctora y la matrona, que me dijeron que consideráramos ese ciclo como perdido.
Aun así, pedí ayuda. Quería darle todas las oportunidades a un posible huevito.
Me dieron progesterona y estrógeno para que me quedara "tranquila", aunque ya era tarde para empezar. Quizás ese impulso, esa intuición, ese “no puedo quedarme sin hacer nada” había hecho toda la diferencia.
Días después supe, contra todo pronóstico, que sí estaba embarazada. De hecho, me tomé primero un test de covid pensando que me sentía mal por eso.. que era más probable que un embarazo en ese minuto,,
Tuve que tomar hormonas durante tres meses completos. Cada semana me tomaba una ecografía para asegurarme de que mi guaguita seguía ahí. A veces me daba verguenza tener que justificar por qué iba tanto; me angustiaba pensar que un día llegaría y no habría latidos.
Hasta que la sentí moverse. Y esa sensación fue lo mejor que me ha pasado en la vida.
Hoy
Mi guaguita tiene tres meses y es la mayor bendición de mi vida. Cada historia previa, cada pérdida, cada miedo, me moldeó para amarla con una profundidad que no sabía que existía.
A veces pienso en mis otros dos porotitos, que no están aquí pero existen en mi historia, en mi corazón y en Sempiterno. Ellos me hicieron mamá primero. Ellos me empujaron a crear algo que hoy acompaña a otras mujeres que pasan por lo mismo.
Mis pérdidas me marcaron, pero también me dieron propósito.
Me enseñaron a pedir ayuda, a escuchar mi intuición, a honrar mis emociones y a entender que el amor no depende de las semanas.
Y sobre todo, me llevaron, de una manera misteriosa, al milagro que hoy tengo en mis brazos.