No sé bien cómo empezar a contar todo esto. Todo ocurrió tan rápido, y lo recuerdo con una nitidez que duele, como si hubiera pasado ayer.

Durante el embarazo, todos los exámenes de mi bebé y los míos estaban bien. Me sentía fuerte, podía trabajar sin problemas, y dejé de hacerlo solo porque, como kinesióloga, debía moverme por distintos hogares y algunos accesos eran complicados. Se lo comenté a mi obstetra y, para que estuviera tranquila, decidió darme licencia. Desde junio dejé de trabajar y nos sentíamos muy bien. Llegamos a la última ecografía y todo seguía perfecto. 

Pero un día, ya en la semana 36, tuve un sueño en el que me entregaban a mi bebé fallecido en brazos. 

Desperté con una angustia inmensa y se lo conté a mi mamá y a mi esposo. Ellos me dijeron que seguramente era producto de los nervios, algo normal en una mamá primeriza. Al día siguiente fui a la peluquería para arreglarme y esperar a mi bebé sintiéndome bonita. Durante el proceso sentí una puntada en la zona inguinal, algo que nunca había sentido, aunque no era un dolor fuerte. Cuando terminaron, algo dentro de mí insistía en que debía consultar por esa molestia. 

Fui al baño: no había sangrado ni ruptura de bolsa. Aun así, le dije a mi mamá: “Vamos a la clínica por si acaso”. Fuimos. Yo misma manejé, porque no era dolor, solo una sensación extraña. Al llegar, la matrona me examinó y me dijo que yo estaba bien, pero al monitorear a mi bebé, sus latidos comenzaron a disminuir. Mi doctor estaba justo en pabellón y pudo atenderme de inmediato. Me hicieron una cesárea de urgencia, pero mi bebé no respondió. Lo perdí… tal como en el sueño de la noche anterior.

Después de eso, todo se volvió confuso. Grité, lloré, me pregunté una y otra vez por qué a mí, si este bebé era tan deseado.

Desde ese día, mi vida se detuvo.

Todo lo veo en cámara lenta. He pasado por muchos psicólogos y psiquiatras, pero nadie ha sabido acompañar realmente este proceso. Hoy, después de tres años, 

decidí estudiar Psicología para poder ayudar a otras mamás que vivan este dolor que marca la vida para siempre. 

Nunca pude volver a ejercer mi profesión de kinesióloga como antes. Esta es una herida en el alma que siempre estará conmigo. Hasta hoy me da miedo volver a ser mamá; no quisiera pasar nuevamente por algo así. Me quedé insegura, no por mí, sino porque ningún examen mostró algo que indicara que esto podía suceder. A veces siento que incluso perdí la confianza en la ciencia…..

- Anónimo

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